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Ocho años de Reforma Laboral, ocho años de precariedad laboral

Ocho años de Reforma Laboral, ocho años de precariedad laboral

Hoy se cumplen ocho años del inicio de la "normalización" de la precariedad laboral. Aquel 10 de febrero de 2012 fue el fin de la negociación colectiva como reguladora de las relaciones laborales, el desamparo de la clase trabajadora y el empoderamiento de la patronal y de sus lobbies de poder, ocho años desde que obtuvo rango normativo en el que, sin duda, ha sido el mayor de los ataques contra los derechos sociales y laborales de la reciente historia de la democracia española.

10/02/2020 |

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Especialmente demoledores han sido los efectos de la Reforma Laboral en un mercado laboral andaluz, sustentado en un modelo productivo con escaso valor añadido y absolutamente terciarizado y que, por lo tanto, resultaba más propicio para llevar hasta el más absoluto de los límites las nuevas facilidades para el despido, para la modificación de las condiciones laborales o para la destrucción de gran parte de los derechos laborales obtenidos a partir de décadas de lucha sindical, que la nueva normativa ponía en manos de la patronal andaluza.

Si analizamos brevemente lo acontecido, en materia laboral, durante estos último años podríamos comprobar cómo, en la actualidad, la cifra de ocupados en Andalucía (3.136.000 trabajadores) supera en 361.100 los ocupados al finalizar 2011; o que los 823.900 parados con los que cuenta Andalucía distan mucho del 1.247.000 con los que cerramos el cuarto trimestre de 2011 o, incluso, que la actual tasa de paro de nuestra Comunidad Autónoma (20,80%) es más de 10 puntos inferior al 31,01% que llegamos a alcanzar por aquel entonces.

Podríamos caer en el error de constatar pues que estamos mejor que antes o, peor aún, creer que la aplicación de la Reforma Laboral ha tenido efectos positivos para nuestro mercado laboral. Nada más lejos de la realidad: se ha creado empleo sí, pero marcado por la más absoluta precarización de las condiciones laborales; se ha reducido el número de parados sí, pero en paralelo a un retroceso de la población activa, hecho sin precedente en periodos de crecimiento del PIB; y ha descendido la tasa de paro sí, pero fruto del proceso de recuperación económica y de una tremenda elasticidad entre el mercado laboral y el PIB andaluz, capaz de generar empleo de baja cualificación en periodos de crecimiento al mismo ritmo vertiginoso que luego los destruye con la aparición de los primeros atisbos de debilitamiento de la economía.

Pero si algo ha caracterizado lo efectos perversos de la Reforma Laboral es como se ha “cebado” con los más débiles, con aquellos colectivos y grupos de trabajadores que tenían mayores dificultades para acceder a un puesto de trabajo, con un menor grado de empleabilidad o condenados a ser víctimas diarias de inadmisibles actuaciones de discriminación laboral y de desigualdad de oportunidades a la hora de desarrollar una carrera profesional.

En este sentido, por ejemplo, es fácil comprobar cómo, durante estos ocho años, se ha duplicado la brecha entre las tasas de paro masculina y femenina, pasando de 2,97 puntos a 6,58; nuestros jóvenes trabajadores, la generación más formada de la historia de Andalucía, continúa obligada a emigrar para labrarse un futuro laboral mientras que 4 de cada 10 jóvenes andaluces que quieren trabajar no pueden hacerlo o; se ha empeorado la dramática situación por la que atraviesan esos casi 360.000 parados andaluces de larga duración que, desgraciadamente, en gran parte de los casos ya han visto agotadas las prestaciones por desempleo y se asoman al abismo de la pobreza y la exclusión social.

Otras dos cuestiones ponen de manifiesto la absoluta precarización del mercado laboral que ha traído consigo estos ocho años de aplicación de la Reforma Laboral: El porcentaje de trabajadores con contrato temporal, lejos de reducirse, se ha incrementado en casi un punto y supera el tercio del conjunto de los ocupados, concretamente el 35,4%. Además, los trabajadores contratados a tiempo parcial también han visto incrementado su peso relativo en el conjunto del mercado laboral andaluz, alcanzado ya el 15,3% de lo ocupados con el agravante de que, la mayor parte de ellos, aceptan estas condiciones de forma involuntaria, es decir, por no ser capaces de encontrar un empleo a jornada completa.

Pero la perversión de la Reforma Laboral va mucho más allá de la frialdad de estos últimos datos. Otra de las principales consecuencias ha sido el masivo empobrecimiento de la clase trabajadora, hasta el punto de haber conllevado la aparición de una figura desconocida hasta ahora en los libros y manuales de economía clásica, la del “trabajador pobre”.

¿Cuántas empresas han abusado de la permisibilidad de la nueva normativa para bloquear las mesas de negociación colectiva? ¿Cuántas han argumentado una simple expectativa de disminución de beneficios para emprender desoladores expedientes de regulación de empleo? ¿Cuántas injustificadas novaciones de contratos y empeoramiento de las condiciones laborales se han llevado a cabo bajo la amenaza de, “si no lo aceptas, otro vendrá que sí lo hará”? ¿Cuánto daño ha hecho a la clase trabajadora la primacía de los convenios de empresa o la eliminación de la ultraactividad? ¿Cuántas horas extras, en muchos casos no remuneradas, se les ha obligado a hacer a trabajadores con contratos a tiempo parcial? ¿Cuántos contratados de manera temporal cubren puestos estructurales en sus empresas sin contar con el más mínimo grado de seguridad laboral, en lo que a mantenimiento de sus puestos de trabajo se refiere? ¿Cuántos accidentes laborales se esconden detrás de esta precarización laboral?

Frente a todo esto, nuestro Sindicato mantiene una posición firme, inequívoca y segura de sí misma, porque así la justifican los datos: hay que derogar las dos últimas reformas laborales y emprender un nuevo proceso de justicia y equilibrio en la regulación de las condiciones laborales, que vuelva a poner en valor la negociación colectiva y que se desarrolle al amparo de un nuevo Estatuto de los Trabajadores acorde a las nuevas realidades sociales y económicas en las que vivimos.